jueves, 29 de julio de 2010

     
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                    ROMILIO RIBERO



       Yo, habitante del cielo


Hay en lo cruel del viento un infierno o sepulcro que
convoca mi nombre.

Por eso vuelvo hacia el antiguo día de mi sal, con mi
vientre cubierto por fosfóreas i antiguas
amapolas.

Qué corazón me llama a comprender la vida que dejé
en la ciudades, aventando su ramo, su sed, su belleza
de desdichada rosa.

Sé, que no hay campamento, ni plaza, ni estatua que no
tenga mi nombre.

Acaso no tenía una mano celeste de tanto cortar cielo?
Un rostro de testigo del otoño, cuando resplandecían
los viñedos, los bueyes, los jacintos,
una cierta nostalgia, un trémulo perfume del amor
un cuerpo de mujer sobre el cual giraban los veranos
del mundo?
Dios me habite de máscaras de piedad,
pueble de flores los rostros ayer olvidados
y me haga regresar hacia mi lejanía de esplendor y ceniza.

Inscriba mi nombre a través de derruidas ciudades,
de pampas sepultadas, de solitarias puertas,
habla con los seres guardados en el árbol,
remonten la memoria como el agua remota de los climas
del mundo,
batiendo inmensos círculos,
que es cosa de sufrir estar cantando, que es cosa de
mi raza estar muriendo.

Pero tarde vuelvo a la musgosa tierra del sagrario.

Ya ni se alzan coronas de los ríos ni el silbador del sur
pasa con los muchachos,
ni se cazan luciérnagas ni se habla de los peces
que pusieron su luto en el diluvio,
ni saben que los seres que prodigan su voz en soledad
aún tiemblan en hondísimas tierras y en dulcísimos cielos.

Tengo en las líneas de mi mano escrito que volveré
cantando.

Dios me lleve al olvido de esa tierra que sostuvo mi casa,
oh la heredad que crece en el recuerdo, con sus cesadas
muertes, sus niños, sus árboles, sus padres y sus flores.

Y permanece en un rincón del mundo como un sueño
hacinado
con sus lluvias, troperos, trigales, arenales y jubilosas
conmemoraciones.

Que desafió las sordas, confundidas primaveras
con sonidos de fúnebres desgracias, con adioses, con
manos enlutadas que cerraron sus puertas para
siempre.

Ya no puedo volver, máscara o hueco de desdicha.

Por eso estoy quemándome en cautivas ciudades de
túneles sin ángeles.



             Las mariposas


Y llegaron también las mariposas,
las que se cazan en las viejas crónicas;
las que siguen a las bestias por el cielo;
las que descienden a la hora de la memoria como dioses del
            brumoso terror,
las que hacen abandonar las barcas; las que olvidan ciertos
            aniversarios;
las que ayudan a descifrar los libros de los príncipes del estío.
De los vientos en su otra raza; de los mensajeros con sus cifras
           de flores.

Y no hay sol capaz de quemarlas,
y no hay desierto que les anuncie lluvias ni murciélagos que les
            persigan sus alas;
y bajan a este reino, aquí, donde no hay sacerdotes; donde no hay
            éxodos, donde no hay hechiceras;
y bajan a este reino, donde tan sólo están los caballos, los que
            herrados de flores van hacia el alba; los que frecuentan
            las lluvias;
los que ofrecen la grasa para el pan y el cuero para el viento.
y bajan a este reino de cenizas, donde estaban los bosques,
a este reino de aguas donde estaba el desierto,
a este reino de música, donde estábamos sordos.

Y no hay mano capaz de espantarlas.
Y no hay otoño capaz de envolverlas con hojas y quemarlas como
            maíz amarillo.

Y llegaran también las mariposas.
Los muertos apelan a los negros osarios; los músicos a sus
            flautas de raíces,
los niños a la primera lunación con arañas.
Y estaban sordos con la música;
y andaban sobre lagos del desierto, cazando víboras de piedra;
y cortaban los árboles que eran guerreros de cenizas celestes.

Y llegaron también las mariposas.
Helas aquí, sobre estos vientos, helas aquí entre los pastores,
           helas aquí.




           Poema


Es la medianoche de los oratorios.
Escucho tu rezo
y cuando despiertan las carpinterías con sus fragancias de salvia,
ruda macho salvaje,
busco tus labios de plegarias,
desenvuelvo este cuerpo de la seda del verano
y me acerco a la calidez de tus piernas, a a sombra
           del carromato de la adivina.

despierto entonces el paraíso de la infancia
con sus habitaciones resplandecientes de espesuras mágicas,
con otros muebles de santidad aullando
y las demenciales madres con sus risas de posesas.

Y busco tu cuerpo diabólicamente casto
y tu mirada de inocente violadora de la aurora.

Cuando abandono este pueblo de tempestad,
seguida por los rebaños, recuérdame,
soy el mismo que transforma la sombra en un racimo del
               verano nuevo,
el que bebió en tu lecho la maldad,
acariciado por las hechiceras del instinto.




     Conozco conspiradores


Conozco conspiradores envueltos en desgracias
que entran y salen con plantas venenosas,
perseguidos por santos y diamantes, por soles y máscaras.
Se que están tramando la transfiguración de la víctima.
Que la quieren desprender de su envoltura de mayólicas.
y conducirla a la gran fiesta del dormitorio del sodomita.
Por eso salen y entran con la señora del patíbulo,
con sillas obscenas que hacen confidencias a los verdugos,
con sellos de testamentarias, con monos cantores
           y amorosas madres.
Yo los he visto un día y otro día, por semanas.
He tratado de conversar con ellos,
de preguntarles que si eso es simple o complicado,
los he seguido por los urinarios, por extraños pueblos de alfareros
y por viejas casonas habitadas por machos cabríos y por garzas.
los he aguardado en los saguanes y pasillos de las ciudades del rito
y en las plazas de los magos, disfrazado de lienzo o de anillo,
pero no he podido entrar en el misterio
de lo que desean de esa víctima.
He envejecido en carruajes retardados,
en desesperadas horas por ver abrirse el mar,
no he dormido por años ni en la penumbra ni en las arenas,
y a mi paso ladraban las tormentas y los espectros en
             jaulas sacrílegas.

Siempre me han rechazado.

De ellos he recibido, únicamente, insultos y mentiras,
falsos informes, promesas de condecoraciones
            y tesoros acumulados.
La víctima no sé quién es.
La hacen dormir en la hoguera y copula con ellos,
por lo que supongo debe ser una mujer.
Una mujer que de día espulga una golondrina
y que de noche descifra sus tatuajes.

Me han dicho que es la adivinadora y que debo hablar con ella.
que es necesario que hable con ella.


OBRA: Vieja friendo huevos, 1618, Velázquez.