lunes, 27 de septiembre de 2010

       EMILIO SOSA LOPEZ


 
   Para hombres solamente

La muerte es amable
entre hombres solos.

Cuando ella susurra
no busques una culpa;
ningún ojo la lastima
si es que te oye ausente.

Atiende a sus modales
que buscan cortesía,
no las palabras.

Ella llega con esquivo poder
y no es que prefieras
no atenderla
si en el sarcasmo de la duda
queda perpleja.

Observa cómo agita
sus hombros
durante minutos, al sentarse
-labios que besan
o bocas que muerden
conocen ese frío árido.

Pero no hostiga con ojos.

Su ternura de lámina
emana como un grito.
Y ese grito el que te acosa
junto a cabellos húmedos.

Después en al vacío miras
tu cuerpo colgado
en el espejo.



       Isla cercada

De ojos que enceguecieron ante el Verbo
y manos de extrañas arpas
-zarpas hoy
en la mañana enmarañadas-,
el hombre es una isla cercada por Dios.

Sus paramentos aún reflejan, litúrgicos,
el horror del instinto,
techos, bloques o muros superpuestos
derribando los aires bajo el sol.

O bien trepa en escalas a las salas del día
o ámbitos del pecado
tras el rostro o el rastro de la luz.

Y límpidos como arcángeles sus puentes curvan
cánticos
entre espadas o memorias del cielo,
o se postra en sus hierros
como una gema ardiente,
en soledad.

He aquí la armonía que fluye de sus garras,
los trazos de sus flancos bajo hechizos
de soles, los rayos erizados sobre el lomo
de la bestia ancestral.

Mientras tanto vomita fuego, escarba
sueños pétreos,
acomete sombras entre rabiosas aves,
o alza su pesada cabeza
sin rostro humano ya,
en su primera hora de eternidad

No hay comentarios:

Publicar un comentario