sábado, 30 de octubre de 2010


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MARIA TERESA ANDRUETTO


Hamaca

Estoy en cama
           (la enfermera
            se llama Erminda)
Por la ventana que da al patio,
mi hermana pasa a bordo de una hamaca.
Pasan también las moras, el verano,
las chicharras. Ha de ser octubre,
como esta tarde, o tal vez noviembre,
y el calor agobia, porque mi padre
que llega del trabajo, se ha soltado,
cosa extraña, la corbata. Yo estoy
en cama. Y Ana que pasa alegre,
viva, a bordo de la hamaca.
Habrá sido de vidrio el aire,
como esta tarde.



Peras

Había una rosca cubierta
de azúcar, una mesa con el hule
verde y una frutera de vidrio
(por la loneta de las cortinas, el sol
sacaba tornasolados color de ajenjo),
y había peras. Recuerdo los cabos rotos
y el punto negro que, en una de ellas,
hace el gusano. Sé que las dos teníamos
el pelo corto y unos vestidos
almidonados.
Después algo (quizás el viento)
sonó allá afuera y mi madre dijo
que acababan de pasar
Los Reyes.




Las amigas de mi abuela

Íbamos a verlas
los días de los muertos,
cuando la muerte no dolía.
Mi madre (que era hermosa y usaba
tacos altos) nos llevaba de la mano,
se pintaba la boca. Hablaban piamontés,
la palabra cerrada en la garganta a gritos.
Nos ponían vestiditos blancos de piqué
y volvíamos con olor a gladiolos,
a margaritas. Tenían una casa oscura
las amigas de mi abuela, y el tamaño
de un hombre. Ellos en cambio
eran flacos, frágiles como niñas:
se llamaban Geppo,Vigü,
Gennio, Chiquinot.



Marin´a *

Mi madre está dormida, con su solero
de flores sobre la colcha (tiene el pelo
tomado con invisibles, huele a agua
colonia). Mi abuela se acerca,
le dice algo al oído y lloran las dos.
La que ha muerto tenía las uñas
amarillas, un misal y un relicario
con pelos de Santa Cecilia.
Hay murmullo de rezos,
una cama vacía, una pañoleta
oscura, una taza de café
(pasa el vapor todavía),
el piso de ladrillos,
la mecedora, las glicinas...

Alguien nos alzó
hacia el tufo de la muerta
(se llamaba Elizabeta),
para que viéramos.
(*) Madrecita, en piamontés, es también la palabra con que llamaban a mi bisabuela.



Paisaje

Le dijeron: verás el río
(ella llevaba un vestido con canesú),
verás pajaritos y sauces
(un vestido rosa hecho
por su madre).
En el camino
se largó un aguacero,
¡y ella estaba bajo un toldo
con su vestido nuevo!
(cuando la lluvia acabó
ya era tarde,
no encontró pajaritos ni sauces
y el agua corría por todas
partes).



Lunes

Los lunes mi padre llegaba tarde
y traía chocolates amargos.
En la cama grande, mamá nos leía
La Cabaña del Tío Tom.
A nosotras nos gustaban los lunes,
nos gustaba llorar por tristezas
de cuento, sufrir por los negros
mientras comíamos chocolates
Suchard.



Desnuda en la tienda

No era coqueta
Era fuerte.
June Jordan
Necesito ropa, dijiste. Una blusa
alegre, de color subido. Y fuimos
a la tienda. La chica que nos llevó
a los vestidores se llamaba Tula.
Te queda rico, dijo, te queda de novela.
Nos metimos las dos en esa caja,
entrábamos apenas.
Como no había asientos ni percheros
te ofrecí mis brazos.
Te sacaste el vestido, la campera,
te sacaste la blusa, las hombreras,
te sacaste el turbante, la remera,
te sacaste el corpiño, la bolsita de mijo,
te miraste al espejo y me miraste
y yo vi tu pecho crudo, las costillas
al aire, y después tu corazón
como una piedra, fuerte y fatal
como una piedra.



Kodak

Yo miraba,
tras la lente de una Kodak
con la que él sacó fotos de la guerra,
antes que la muerte disolviera
sus pupilas y delegara en mis ojos
el dolor de mirarme devastada
por la ausencia.



Carta

En la feria, cuando elegía alcauciles
(estaban algo oscuros), un muchacho
que no tenía más de trece años (lo vi
correr, por La Cañada, hacia El Pocito),
me arrancó la cartera (quedaron
las tiras colgando).

¿Tenía dinero, señora?
Nadie preguntó por tu carta
(yo la llevaba conmigo,
tu última carta,
doblada en cuatro).
Era sólo un papel y ese muchacho
lo habrá tirado al agua.



Banjo en la cocina

                                       He perdido una música
                                                 Irene Gruss

El padre toca el banjo en la cocina
de la casa. Es la siesta del domingo
y amenaza tormenta (... los chicos
juegan, la madre levanta los platos
de la mesa). Bajo la parra zumban
las moscas. El padre toca rumbas,
habaneras, canciones italianas.
Alguien sostiene las partituras,
da vuelta las páginas
(hasta que salta una cuerda
y la música acaba).



Instantánea con caballo

Tu cuerpo de muchacho
tira las riendas: la pierna
avanza y es bonito el caballo,
te diría, con su pelaje oscuro.
Tal vez sea una yegua mansa
porque hay niños sobre el lomo,
sin cabalgadura. Tu hermano
se ha vuelto hacia el fotógrafo
y están los otros en el cogote
y en la grupa.
Es una foto de blanco
y negro, con los bordes ajados,
te diría (causa gracia esa remera
de banlon, sobre los pantalones
nuevos). Tu madre, escondida
tras los niños, sostiene todo.
Veo las piernas y la pollera;
es su fuerza lo que miro,
te diría.



Visita

Hoy vino mi madre a visitarme
y caminamos las dos por estas calles.
Hablamos de mi hermano,
de los hijos, de las chicas del Sur,
de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez
"¡Es un país tan grande!". No quiere
que me queje: "¡Este país generoso
recibió a tu padre!" y rodamos las dos
hacia una zona de tristeza, en silencio,
hasta que se detiene y dice: "Ayer
hice dulce de duraznos" y yo digo
que hablaron de mi libro
en el diario.



Víspera

Se va la tarde. Decís, a este sitio
vendremos: escribirás, sembraré,
pasaremos los días de viejos.
Sobre la casa que nace, cruzó
una torcaza. Más allá hay un halcón
y unas loras. La luz moja la falda
del Mogote, aviva los manchones
amarillos. Todo es hermoso, digo,
y sin embargo, hay una nota
de tristeza sobre talas y espinillos.
Será porque es invierno, decís,
será porque es domingo.




                   ***

No se recuerdan los días, se
recuerdan los instantes.

Cesare Pavese 28 de julio de l940.
Diario.




Instante

Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

Estación abierta, retorno.
En la vida no hay retorno.
C.P. 30 de marzo de l948.
Diario.
Ahora que viene el tiempo de los pájaros
Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,
ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,
ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,
ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,
ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,
yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.




Dos versiones de un poema a Pavese

Se parece a mí, que me busco
el trabajo en el corazón.
C.P. 12 de setiembre
de 1942. Diario.

Pavese

Entre mujeres solas hemos hablado de él
uno de estos días de marzo,
y de la tarde en que mi padre lo vio
pasando la caserma. Dos perros
lo arrastraban y esa tristeza
que no ha vencido nadie. Il diavolo
sulle coline acecha. Es el 45 y la guerra
cansa. Están en Piazza Cavour
o en Superga. En Torino, no en Le Langhe.
Mi padre muerto parece que me dice
al oído "he pasado Stupinigi
hacia mi pueblo". El otro se llama Cesare
y escribe en plenitud acerca de esas cosas
pequeñas que nos suceden a todos
y de volver y no encontrar ya nada.
Mi padre es partisano, un partisano
de Ghío, y ha cumplido veintitrés. Antes
que cante el gallo me dará esas voces
que se oyen desde lejos, el eco
en la colina. Están cerca las tierras
fértiles, el cuerno de oro devastado,
y la ciudad que es gris, no tiene
cielo. Alguna vez dirá no escribo más,
el lápiz cruzado sobre el diario,
y acabará el oficio de vivir. No habrá
qué hacer en la ciudad vacía sino esperar
y esperarás que llegue. Por esta calle
hasta el hotel mañana, vendrá la muerte
y tendrá tus ojos.




Nada. Tengo un carbón en el cuerpo,
brasas bajo las cenizas. Oh C., por
qué por qué?
C.P. 27 de marzo de 1950 (noche)
Diario.

Pavese

Entre mujeres solas hemos hablado de él
uno de estos días de marzo oscuros
contra el cielo rojo y de la tarde
en que mi padre lo vio pasando la caserma.
De las correas dos perros lo arrastraban
y una tristeza que no ha vencido
nadie. Il diavolo sulle coline acecha,
siembra de sangre estos lugares familiares.
Es el 45 y la guerra stanca.
Están en Piazza Cavour o en Superga.
En Torino, no en Le Langhe, ciprés
y casa sobre el borde de tu tierra. Mi padre
muerto me dice al oído "he pasado Stupinigi
hacia mi pueblo" y el dolor se desvincula
del ansia y subsiste solo en el alma. El otro
se llama Cesare y escribe sobre las cosas
que nos suceden a todos cuando volvemos
y no encontramos nada. Mi padre
es partisano, un partisano de Ghío
y ha cumplido veintitrés. Antes que cante
el gallo me dará esas voces
que se oyen desde lejos, el eco
en la colina. Están cerca las tierras fértiles,
sitios que no son un lugar entre los otros
sino un aspecto de las cosas ahora devastadas.
La ciudad era como un lago de luz, se ha
vuelto gris, no tiene cielo. Alguna vez dirá
no escribo más, el lápiz cruzado
sobre el diario, y acabará el oficio
de vivir. No habrá qué hacer en la ciudad
vacía sino esperar y esperarás que llegue.
Dirás palabras no, si fuera un gesto. No
escribas más y ella vendrá, por esta calle
hasta el hotel mañana, ella vendrá
y tendrá tus ojos.




NON FICTION

La luz de una estrella tardó veinte años
en atravesar el espacio, antes
de estamparse en la placa de Daguerre.
Así y todo, nos ha permitido ver asuntos
más remotos que las estrellas.

Capas infinitas envueltas en películas,
exposición que magnifica detalles hasta que,
liberados de cualquier confinamiento,
reducimos la distancia entre mirar y dejar
que una mano nos toque.

Se trata de un cambio en la experiencia.
Mapas detallados de lo real, para apresar
una verdad, en la que un resto de magia
permanezca.



AUTORRETRATO ANTE EL CABALLETE

3.

Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.


OBRA: Paisaje con figuras, c. 1600. Museo de Bellas Artes de Bilbao, 
de Ignacio de Iriarte (Azcoitia, 1621 - Sevilla, 1670).

jueves, 28 de octubre de 2010


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       MARCELO MASOLA




Desde la única palabra

Desde la única palabra que me une
a la transparente y pura,
por el lejano camino del canto
me llega este pulso sazonado
y florecido corazón creciendo.

Desde aquel sitio permanente
elegido por la raíz de mi presencia
y celebrado por la voz de mi recuerdo,
desde aquella distancia de mi cuarto
me llega esta demorada figura de marea
y polvorienta estampa.

Desde allí me llega
esa muerte decretada
por una edad desconocida en el pecho:
lo poco, vertiginosa madera ardiendo;
lo mucho, confuso designio derramado.

¡Cuánta flor perdida a la mirada
y pájaro ciego atropellando ramas!
Llegaba mi voz hasta la espina
y como ella se quebraba.
Entonces
era mi sangre errante,
era mi corona oscura,
era mi profecía antigua.
Y, solitario, llegué a mi
cuerpo caído de rodillas.

De todo aquello sólo queda ahora
un triste viento último
en mi estatura de tiempo desvelado,
en mi vivo círculo de asombro.

Una edad de campana a la redonda
y otra de altos signos encendidos
me trajeron una nueva vestidura
y un prestigio de hombre que retorna.

Para invocar el alba con el canto,
para decir la palabra que me ata,
he reunido el mundo a mi destino,
he resuelto vivir en la esperanza.




Únicamente porque el amor es creación

Siempre me dije:
Ahora y aquí.
No mañana.
No nunca.

Muérdame tu amor,
tus dientes sin paz,
labios del bien o del mal,
cólera o ternura,
besémonos y recémonos.
¡Ahora y siempre
echémonos del paraíso!




Este mundo natural

La destrucción del aire equivale
a la implantación del reino divino.
Novalis

Este mundo natural de dioses sonámbulos,
estos signos supuestos y estas contradicciones,
estos pasos del destino acechando
en torno a nuestro corazón enterrado.
Esta salud de tímpanos del lecho,
esta puerta cerrada y aquel hombre,
este cerrojo y aquel otro.
Este y aquel silencio buscándonos
de pie entre los muertos y los vivos,
ya sin esperanza, llamándonos,
la última bestia perdida entre los nombres.

—Aquí. Más cerca. Venid.
¡Qué tropel de estrellas
se le escapan a Dios de los mapas!
—Venid. Aquí. Más cerca.
¡Qué de héroes se sumergen en lo humano
e historias nacen en las máscaras del alba!
—Aquí. Más cerca. Venid.

Estos ojos cerrados,
éstos que van para el alma y cuerpo adentro,
ésos que van al fuego y arden nuevamente.
—¡Venid! ¡Vamos! ¡Allá!
Esta avidez de ciego en la mirada
siempre igual como el día y el día.
—¡Vamos! ¡Allá! ¡Más allá!
Y el abismo al abismo llama.

En esa multitud a lo largo,
yo estoy solo, como cada uno de vosotros,
en ese tiempo antes y después de Cristo.

Esta fe traspasada de burlas,
este saber en sombras,
esta y aquella voz de los astros,
esta unidad invisible del aire y del ala.
Esa alta armonía de palomas
entre los brazas jóvenes del mundo
y este amor terrenal que nos otorga la sangre
destruirá el aire.




Estación

Volviendo de siempre
camino hacia nunca
en el confín de la flor
bajo la madura lluvia
y el deleite del aire
llega, al fin, el otoño
con su frenesí de frondas
aliviadas de estíos
y crece y asciende
su asedio invasor
su tenso impulso
su alucinante don
mientras sostienen y exaltan
ansiosamente
mi terrena y susurrante
disolución.





Kosmos

Y lentamente empiezo
a entenderme con el mundo.

En el reencuentro
con la impetuosa luz del día
y la seductora sombra de la noche
vuelvo a escuchar el diálogo
entre el pasado y el presente
y siento también
la fuerza y la forma
en la rítmica pulsación de las horas
y en la apacible armonía del paisaje.

Entretanto
en el claro original de la existencia
una asamblea de rumores
celebra el más alto sueño
y mientras la gloria
sustenta la perfección de los dioses
la conmovedora peregrinación del espíritu
transita su invisible órbita
retornando
de la libre expiración del espacio
al seno de la revelación infinita.

Yo una vez más
llego a mi caos necesario
apasionadamente abierto.




Intimación

¿POR QUÉ has llegado tarde
oh tú que siempre
me vences y sometes?.

Al cabo de un hartazgo
entre tantos hechos
ascendió
el desasimiento.

Centro de tu olvido.
Ausente de tu hábito
conjúrote al desvelo
madre ciudad
fúndate y arráigame
sujétame a tu suelo
uno mas junto a todos
calle hermana
espérate y acompáñame
esquina amiga
aguárdame y asísteme
ahora y siempre
protégeme y guíame
en tus interminables días
en tus irrevocables noches.





Revelación

Postrado yo
en esta postrimería de linajes
en este anochecer caído
viéndome venir
deshecho a decisiones
ahogado
en esta sumisión a lo invisible.

Donde
todavía algunos
van a sus desposorios
inmaculados
mientras otros
vuelven a sus despojos
contaminados.

Alzado yo
en este alborear de prójimos
en esta iniciación mayor
viéndome llegar
poseedor de todo límite
rescatado
en esta rebelión de lo visible.




Invitación

Vengo de lo cotidiano
ebrio de contradicciones
y perdido en el ocaso de la dignidad
aún escucho
un aleteo de orgullosas plumas.

Vamos
semblante del castigo
intento del tedio
persuasión de la piedad
vamos una vez más
a florecer entre los vivos
donde el fecundo suceso
estalla en cada cuerpo.





Arcano

Empezaba
a curvarse mi edad
hacia otro encuentro
o tal vez
esta hora apuraba
su elegíaco desvío.

Esperaba
al imperecedero
distante eco
llamándome
desde lejos o de cerca
buscándome
en la remota proximidad
del ensueño
o quizás
alcanzándome
en esos pocos días
cercados
entre tantos años.

Terminaba
por ceder al desengaño
y a ese presentimiento
que diversamente
aprisionan o liberan
mi codiciada ausencia.





Estación

Volviendo de siempre
camino hacia nunca
en el confín de la flor
bajo una madura lluvia
y el delei te del aire
llega, al fin, el otoño
con el frenesí de frondas
aliviadas de estíos
y crece y asciende
su asedio invasor
su tenso impulso
su alucinante don
mientras sostienen y exaltan
ansiosamente
mi terrena y susurrante
disolución.




Regreso

Hasta en el mismo
revés de la muerte nacemos
cuando miramos hacia atrás
donde ya está fijada
la inicial identidad
de nuestro arrostrar
un pasado futuro.

Acaso sólo estoy en mí
para redimir
una extinguida devoción
y quizá halagarme
en la fatal delicia del cuerpo
donde me extravío

O tal vez buscarme
en la suntuosa llama
donde me consumo.

Un natural desafío
alcanza para existir
en la suave salud del aire
en el primer color del alba
en la simple calma del umbral
o en la fervorosa obra
donde esperamos.




Recomienzo

Volviendo
de agotar toda adversidad
providencialmente humano
enemigo consecuente
y dispuesto amante
elegido fortuito
del absurdo
en esta ciudad
de barro edénico
aún persigo
entre parajes de furia
fábulas seculares
y crudas realidades
la evasiva razón
de lo vital
hasta la frontera misma
de ese destierro
que más allá
extiende y aleja
tantas costas y mares
e indestructibles islas.




Díptico de la infancia y la vejez

1.
He vuelto a ver
en el fondo de la vieja casa
la huella del pequeño pié.

El otro
-en su salto-
huyó por los techos.

2.
He aceptado al fin
este descanso.

Ahora
mi tiempo es una luz
y a veces
me echo
a su sombra.







Abstracto con figura

A partir
del rompiente toro mítico
y del ríspido equino personal
constelados en la norma diurna
hasta el seco sepulcro solar
y la quebrantable luz pendiente
sobre el mensurado descenso.


Más acá del soma y su resto
la genuflexión del sexo
la arista del alarido
y el mutismo del héroe
ambiguamente sacrificados.


Maestro y criatura
desde el polvo a la especie
desnuda analogía del hecho
y múltiple travesía mural.


Gran tiempo antagónico
no antes del pasado
ni después del futuro
el aire abierto al valor
y su dibujo terrestre
alzado por la marea estelar.


Silenciosamente somos
esa secreta superficie.



Lo efímero creciendo como ícono

(Fragmento)

I


Tan áspero de amor como la tierra
lo divino
lo fugaz
el demonio azul del juego brillando de salud
cavando sembrando de mitos los escombros


Todo corre
aún
donde lo eterno crece
y bogando
asume su espectro de costumbre


El tiempo medirá la especie
en la ruina propicia
alba del alba
en los ríos de Babilonia
atropella la bruma universal
la epopeya que abomina
abrasa
abisma las altas murallas
mientras el corazón ronda el esqueleto
la cal de los vivos
y acoge azucenas a manos llenas
el mineral
solemne
pulcro
frío que se volvió amarillo de
tenerle


La noche en su cuerpo es testimonio
prueba desgraciada
hijo
y alimento
Desnudas las mismas bestias del espíritu


Llamad
llamad
uniendo el ave a su vuelo
emergen estandartes de los pozos


hoy ayer siempre
vuelve a las uñas el ruido peculiar


los días afinan su albedrío


como espejos


la onda y su espuma
repiten el mar persistente
De pie


alzando en oro la soledad
extendida
de término a término
en el nombre del que a sí mismo se creó


la ardua consagración
ahora
surge en sí misma
suspende su tedio
adelanta su presagio


distingue
el presente
la sustancia capaz
el aliento que asciende
la impasible altura que guarda


neutral y feliz
su saber preciso
el hueco alucinante
los pasos del antiguo cayado
la tormenta borrando los rastros de las conquistas
los climas en su origen
la mezclada saliva humedeciendo
casi enhiesta
sin límite
al amor
desde la eternidad con vocación de creador
los múltiples dilemas
las partes
el todo
los seres que van y vienen entre las hondas llamas

inquietante el disturbio
la sorda lucha en el espacio
el infinito concretado en volúmenes
luces haces de tinieblas


luces luces



Obra: Lavanderas y pescadores en un paisaje costero, de

Andrés Cortés y Aguilar. 1863. 

   
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                   ELENA ANNIBALI



en el fuego de la cocina calenté un ladrillo

lo llevé a la cama, del lado
donde yo no duermo

le dije: amor mío
cuánto te parecés al anterior
la misma mudez, la misma
carencia de ideas,
el mismo virgen corazón
de no haber sentido, nunca,
nada

                 ***

atrás de la puerta no hay
la cruz
el lobo
el chorreado damasco de la gloria

hay un patio donde corren
los caballos
la niebla baja del sur

es de noche y
se mueve, con el viento, el farolito

parpadea el angel de la muerte
una rosa se abre
se cierra
y yo respiro aquí mi pobre
pedazo de eternidad


               ***

muchas veces fuimos pobres
no había dinero para ropa o música, pero
el taladro magnífico de dios
caía contra la mañana

las palomas se desbandaban
como si vieran
la comadreja o el halcón

un pedazo de mí entraba en la amargura
como en el pozo del molino
donde la serpiente infectaba
el agua de beber

yo tenía pocos años y ya era
rigurosamente anciana

sabía que el altísimo podía aplastarme la cabeza
enfermar nuestras ovejas
quitarnos el verano, la poca dicha

pero igual miraba siempre para arriba
y bajito decía
que sí, señor, venga a mí la destrucción
lo que deba venir
soy tu surco, señor,
soy tu surco


                   ***


                 1

¿alguien fue por la mañana?
¿alguien abrió su cuerpo
a la venida de la paloma?

estamos en la noche
y en la noche pasta
la torpe bestia
ocurre
su sedoso trance

va y viene por la casa

su aliento
empaña los vidrios
los ojos

algo azul viene por nosotros
y no es el ángel

                   2

nos cruza el látigo de la sombra

aquí y allá los hombres encienden la radio
intentan el sueño, orillan
la casa prohibida, dicen
el nombre del monstruo

                3

en mi cuarto, de noche
respira un animal

abre su fosfórica boca
al hambre de mi corazón

a veces la sangre corre y yo no sé
dónde
porqué

ambos crecemos en el odio
crecemos en la flor del odio
en los rumores dulces
de esta primavera invertida


                   ***


metí la mano en la olla de la vida:

estaba la carne oscura del cordero
su sangre entre alambrados
y más grande el pueblo que prodiga
en el agua su veneno

estaba el padre enfermo, el hongo
que pudre y alucina al árbol joven

no estaba mi pureza, pero encontré el asco
la rabia
el tristísimo oro de la rabia
su luz entre tinieblas



                      ***


como lázaro, el de betania, estuve o estoy
dormida
muerta

en esta cueva umbría cultivo la orquídea salvaje
y, en la húmeda pared, la palabra que cuenta
los días que faltan
los que han pasado

él debe venir: quizá me lo anuncie
su tacto robusto tocando la piedra
o la voz, el estigma

hace mucho que espero

este pueblo es lejos: hay
médanos al norte
niebla al sur
caballos ciegos en la llanura
trigos amargos

puede que hayan perdido el camino
o que el camino haya sido una ilusión

quizá la palabra ya fue pronunciada
pero no la escuché, era distinta
a la esperada
o fue corrompida en el camino
de la vida hacia la muerte

no hubo milagro, o ya se produjo
y es esta suave penumbra
este tremendo paraíso


Obra: Emilio Sánchez Perrier. Atardecer en Triana. 1907.
Acuarela sobre pergamino. Colección Patrimonio Nacional.

Madrid.


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        HECTOR BIANCIOTTI




Salmo en las calles

(Fragmento)


He venido a espantaros hablándoos al oído
porque Dios se ha trepado al hondo campanario del
tiempo
y bate sordamente la dimensión del aire:


los peces de la multiplicación mueren a diario
inútilmente multiplicados,
los comedores dominicales de Dios
hacen su digestión
charlando por los atrios,
los oficinistas doblan su alma de papel y la olvidan
en algún viejo saco
entre sucias boletas,
y yo que clamo al borde de aceras abismales
buscando las antiguas almohadas de piedra
y las escalas de ángeles que no ascendí,
no soy más que un absurdo discurso
en el pozo absoluto donde caminan astros,
que pare las resecas astillas de su grito
desesperando el aire con sus brazos de náufrago.


Oh andanza del hombre por la ciudad que sueña,
con la sangre cruzada de tranvías chiquitos
y las manos desiertas
donde se adunan la tristeza y el hambre.
Entre las hojas de los expedientes
que paso y miro y paso, a diario
se me mueren en larva quinientas mariposas.


(¡Oh duración sin término del hombre caminando,
oh música impedida!)
Y como un lento hilo de grasa por la espalda
me recorren los lunes
y todos los domingos
frente a las calles muertassin palabras
creo que voy a disolverme en lunes,
muerto sin nombre por los abiertos corredores del lunes,
del lunes hacia la semana, hacia el mes, hacia el año
y otro añoamor, bodas de plata, nacimientos,
cajón de pino con crespones
y campanas de lunes.


Y ando, rutino,
y apremiado, vencido, roto, caigo
y me doy con mi cara,
me encuentro y me recojo
y huyo desesperadamente hacia zonas oscuras
para salvarme y muero
con las manos inútiles y un río dentro ahogado para siempre,
un río buscamar
que se extravió por los torcidos bulevares
y se perdió en las vastas maderas de las oficinas.
Ando, rutino,
se me descuelga el alma en trapos de cocina,
caigo crucificadamente, rotamente,
sin un grito ni un nombre
en el silencio anónimo
de un traje gris con venas de ceniza.


(Algún día estaremos todos locos
nosotros los pulcros desesperados de traje y corbata
y estallaremos en las blancas paredes asexuadas
infinitas mariposas de tinta.
Entonces los largos adolescentes curvados hacia el sueño
se levantarán de su horizonte de máquinas portátiles
y romperán el cielo con sus almas en lanza!)
Pero hoy es hoy
y yo soy yo
y no mañana


Y este es el tiempo de padecer.


¡Oh ciudad de los tristes
de tanta sed y tanta hambre de arriba!
Aquí está el bulevar con sus cajones de basura
y mujeres tristísimas
de night-club-taxi-hotel-llanto-cosmético,
aquí los cuartos
donde besé mirando sillas y cómodas opacas
y rodé en un final de frustraciones
hacia la cenital hondura de los nacimientos
el triste amor, la pobre vida
resbalada por calles de anemia, blandamente.


Ah las ventanas
de los cuartos oscuros agrietados de angustia,
ventanas de la huida ilusoria:
un pañuelo olvidado en un alambre:
mi alma transida por las azoteas
donde la noche evoluciona gatos
que me miran sin término.


En esta plaza
huyeron de redondas las últimas naranjas
y volaron
los pájaros heridos de mis sueños
y en aquellas esquinas
me llenaron de voces y de manos
pero yo no entendí, todo era tarde,
porque mi corazón estaba muerto,
todo yo suspendido como un Cristo sin clavos
en una cruz de aire,
detenido por dentro
entre relojes impertérritos hasta toda la arena.





Claridad desierta


1


Tu sombra barre la luz de nuestras galerías,
desciendes las escalas,
te pierdes para siempre en la penumbra de los corredores
y entras sin una lámpara
en tu noche de carbón apagado.


2


Uno a uno
te despojas de los gestos
como ornamentos, como alhajas
y entras desnuda en el agua del suplicio
No estoy
responde el gran silencio cóncavo
dentro de ti.


3


Debajo de la piel
este silencio
en el que tú no estás
ni nadie
como la superficie de un lago
acechando la piedra


4


Los perros de la luz han devorado
tus follajes de bruma
y estás tendida al aire
en el valle de piedra
oh última del sueño.


5


Los puentes, un paisaje, ciertas calles,
un mueble en una alcoba, un sueño trunco,
esta enumeración, un terciopelo
en un armario de caoba, rostros,
y ahora tú.
(La luz clava su daga en el árbol nocturno
alguien cierra las puertas de mi infierno apagado)


6


Ahora todo es piedra,
noche anónima,
todo es silencio y unidad ajena.
Las palabras te dejan,
nunca has sido.
Ni siquiera un relieve funerario
dará su pobre desmentido a tu ausencia.


7


Aquí se pierden las huellas del destino,
ya nadie te contempla,
ya estás fuera
tiniebla para siempre inacabada


8




Rodeada de silencio y opacidad
ya toda de la noche
verás tu rostro
un solo instante
y te desvanecerás
los años hechos polvo
para empezar a ser
todo lo oscuro que habitaba en ti
furiosamente.


9


Quédate inmóvil
arenas implacables castigándote el rostro
allí donde mis manos te dejaron
una mañana de nubes y extraños pájaros.


10


Abolir el rostro
que te di al mirarte:
sé la otra,
la terrible desconocida sin ojos que te aguarda.


11


Miras tus uñas, sabes
que crecen, si las cartas
no sientes que son una parte de ti; ni tus cabello
Acaso palmo a palmo, podrías llegar a desconocerte
enteramente.


12


Incesablemente
descendíamos gradas
y de improviso nos volvimos:
el último rayo de luz moría
tras las murallas.


13


Al final de su vuelo
los pájaros de Persia han desgarrado
la trama de la luz
y moran ciegos en las ramas
de la otra oscuridad.


14


Torres de oro verbal,
estancias de palabras,
muerte de todo fuego.


15


Cómo vivir sin el recuerdo
de tu voz que no fue,
de los jardines que no recorrí,
que nunca fueron.


16


Una puerta a lo lejos
y el vaivén de otra puerta.
La luz tiembla. Ella vuelve:
arrojada de un sueño
vuelve a entrar en el mío.


Obra: La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, 1830

sábado, 2 de octubre de 2010

          EUGENIA CABRAL


Imagen I: Documento Secreto

I.

Así era mi gente: violentísima

Era un bocado sangriento la ira,
violáceo y dulce.
Bastaba una señal y comenzaban
a devirar la rbia.
Todo era alimento,
picor y venéreo,
sal y fragua,
hornalla y caldero.

Limé su filosofía
hasta volverla polvo de muebles heredados,
insecto que se deshace –entre el pulgar y el índice-
a la sola mención del tiempo.

hundieron la cabeza entre los hombros
con resentimientos acrecidos de conirmaciones.
Y nunca más fui de verdad amada.
Mis madres ya no me conocían.

Estuvimos solas.

Como perros atados a cadenas.




De “Imagen I: Documento Secreto”, ArcanoII:
Cartas al Hado.

II

ESTAS quieto y casi serio
sonriendo.
Observas los pedazos que dejo sobre la mesa,
el abrigo,
la taza.
Trozos, tajos, aberturas
desmadejamientos
yo, la insensata,
adormilada –recalando mentalmente en tus brazos,
barco o sombra de barca en el agua que deslumbra;
liviana,
cargada, cargada.
Llega un barquito cargado de tiempo,
trozos tajos tientos temores
tucanos trompos trampas
torpemente insensata
gimiendo en la oscuridad del tiempo;
nada comprensible;
una atalaya para ver tus ojos;
y sentado,
quieto,
casi serio
me observas;
danzo,
duplico entradas y salidas del universo;
algunas puertas –compruebo- cerradas;
otras       y regreso
a ti
dulcísimo
sin acceso a este laberinto
donde cada galería       ostenta una lámpara.




Imagen II: Lo Bruto, Lo Invisble”.

II

Y por qué no he de vivir       si he sobrevivido?

puedo tener amantes      pero estoy triste
mis ojos son bellos       y tristes

nombro regiones mágicas de la conciencia
pero ando alienada

la memoria cosecha el fruto maduro

pero no siento hambre



IX


CIANURO,       no cadaverina.

En los platos vacíos de la cena
han quedados huesos de esqueletos amados.

Insaciable el dolor,        que no conoce hartazgo.
de su voracidad nos custodian ejércitos de
ángeles y amantes, hordas dr tristeza
que anhelan alegría, luchan por la alegría.

Hay misterios.         Armisticios.

Un fragmento de locura explica el resto.




      Historia de amor

VI


no me sangres, por favor,
tu herida es muy profunda,
se hunde en las arterias,
te habrás cortado,
ya te dije que no lo debías hacer,
que no lo hicieras,
basta, no sangres más,
me estás inundando,
yo te amo, pero no así, esto no es amar,
secate un poco, abrí la ventana,
eso es, que te de el sol,
ya no estás muerta ni nadie sabrá
que has muerto por mí.
Te quiero, pero un poquito,
comen acá, así, ves, así,
acá me gustas que me comás,
movete, el espacio es curvo,
qué no? es curvo, sí, mi amor,
hasta quizás sea esférico,
como tus ojos,
tus grandes ojos esféricos
modelados en obsidiana,
no, lapislázuli,
son de fríos, dame la mano,
qué helada,
quereme, quereme mucho,
dame tu lengua,
está llena de palabras,
si fueras feliz, si fuera un solo día
de tu odiosa vida, feliz,
alcanzame el libro, estás en esta página,
a ver? no encuentro tu palabra,
la habrás ocultado, zorra, zorra mia,
vení, vení, nos queremos, nos queremos.



  
         Tabaco


La rabia dura lo que el cigarrillo.
Luego el humo y la ceniza esparcen
la desmerecida forma de lo que ha sido.
Arder. Arder como la brasa ambigua
que no es llamarada ni ceniza;
entre secuencias de orden y desorden
arder; arder cual perfume de maderas;
cual ocaso –furia postrer del día-
arder; en pausas de la informática,
detrás de los envases descartables,
con un sexo torpe entre torpes manos,
arder. Como solo el fuego puede arder.
Astro perdido en la jungla del cielo
tornando a una casa y a unos padres,
arder. Solícitamente, en honor de un amante,
arder. Ofrecer la transparencia y pretenderla
cada vez con menos fuerza y eficacia.
Arder. En en templo de los bárbaros.
Arder. tan tenue como sea posible,
ante la fatiga de la mirada. Encender
los rubíes de la culpa entre el lodo funeral
y las arenas donde el hedor de lo muerto
sobrevive(para qué?) sin condena ni justicia.

En el horno de los bronquios se caldean
la sinrazón de existir abominando
y el humo: símbolo de olvido e impotencia
de querer retener lo que se esfuma
-antes eterno, ahora fugitivo-,
breve danza de amor entre los dedos,
ocaso que arrastra el cuerpo del día
-iluminado de amor- a oscura gruta,
para escandir las formas de la noche
cual sílabas de un poema revelado.