jueves, 28 de octubre de 2010


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        HECTOR BIANCIOTTI




Salmo en las calles

(Fragmento)


He venido a espantaros hablándoos al oído
porque Dios se ha trepado al hondo campanario del
tiempo
y bate sordamente la dimensión del aire:


los peces de la multiplicación mueren a diario
inútilmente multiplicados,
los comedores dominicales de Dios
hacen su digestión
charlando por los atrios,
los oficinistas doblan su alma de papel y la olvidan
en algún viejo saco
entre sucias boletas,
y yo que clamo al borde de aceras abismales
buscando las antiguas almohadas de piedra
y las escalas de ángeles que no ascendí,
no soy más que un absurdo discurso
en el pozo absoluto donde caminan astros,
que pare las resecas astillas de su grito
desesperando el aire con sus brazos de náufrago.


Oh andanza del hombre por la ciudad que sueña,
con la sangre cruzada de tranvías chiquitos
y las manos desiertas
donde se adunan la tristeza y el hambre.
Entre las hojas de los expedientes
que paso y miro y paso, a diario
se me mueren en larva quinientas mariposas.


(¡Oh duración sin término del hombre caminando,
oh música impedida!)
Y como un lento hilo de grasa por la espalda
me recorren los lunes
y todos los domingos
frente a las calles muertassin palabras
creo que voy a disolverme en lunes,
muerto sin nombre por los abiertos corredores del lunes,
del lunes hacia la semana, hacia el mes, hacia el año
y otro añoamor, bodas de plata, nacimientos,
cajón de pino con crespones
y campanas de lunes.


Y ando, rutino,
y apremiado, vencido, roto, caigo
y me doy con mi cara,
me encuentro y me recojo
y huyo desesperadamente hacia zonas oscuras
para salvarme y muero
con las manos inútiles y un río dentro ahogado para siempre,
un río buscamar
que se extravió por los torcidos bulevares
y se perdió en las vastas maderas de las oficinas.
Ando, rutino,
se me descuelga el alma en trapos de cocina,
caigo crucificadamente, rotamente,
sin un grito ni un nombre
en el silencio anónimo
de un traje gris con venas de ceniza.


(Algún día estaremos todos locos
nosotros los pulcros desesperados de traje y corbata
y estallaremos en las blancas paredes asexuadas
infinitas mariposas de tinta.
Entonces los largos adolescentes curvados hacia el sueño
se levantarán de su horizonte de máquinas portátiles
y romperán el cielo con sus almas en lanza!)
Pero hoy es hoy
y yo soy yo
y no mañana


Y este es el tiempo de padecer.


¡Oh ciudad de los tristes
de tanta sed y tanta hambre de arriba!
Aquí está el bulevar con sus cajones de basura
y mujeres tristísimas
de night-club-taxi-hotel-llanto-cosmético,
aquí los cuartos
donde besé mirando sillas y cómodas opacas
y rodé en un final de frustraciones
hacia la cenital hondura de los nacimientos
el triste amor, la pobre vida
resbalada por calles de anemia, blandamente.


Ah las ventanas
de los cuartos oscuros agrietados de angustia,
ventanas de la huida ilusoria:
un pañuelo olvidado en un alambre:
mi alma transida por las azoteas
donde la noche evoluciona gatos
que me miran sin término.


En esta plaza
huyeron de redondas las últimas naranjas
y volaron
los pájaros heridos de mis sueños
y en aquellas esquinas
me llenaron de voces y de manos
pero yo no entendí, todo era tarde,
porque mi corazón estaba muerto,
todo yo suspendido como un Cristo sin clavos
en una cruz de aire,
detenido por dentro
entre relojes impertérritos hasta toda la arena.





Claridad desierta


1


Tu sombra barre la luz de nuestras galerías,
desciendes las escalas,
te pierdes para siempre en la penumbra de los corredores
y entras sin una lámpara
en tu noche de carbón apagado.


2


Uno a uno
te despojas de los gestos
como ornamentos, como alhajas
y entras desnuda en el agua del suplicio
No estoy
responde el gran silencio cóncavo
dentro de ti.


3


Debajo de la piel
este silencio
en el que tú no estás
ni nadie
como la superficie de un lago
acechando la piedra


4


Los perros de la luz han devorado
tus follajes de bruma
y estás tendida al aire
en el valle de piedra
oh última del sueño.


5


Los puentes, un paisaje, ciertas calles,
un mueble en una alcoba, un sueño trunco,
esta enumeración, un terciopelo
en un armario de caoba, rostros,
y ahora tú.
(La luz clava su daga en el árbol nocturno
alguien cierra las puertas de mi infierno apagado)


6


Ahora todo es piedra,
noche anónima,
todo es silencio y unidad ajena.
Las palabras te dejan,
nunca has sido.
Ni siquiera un relieve funerario
dará su pobre desmentido a tu ausencia.


7


Aquí se pierden las huellas del destino,
ya nadie te contempla,
ya estás fuera
tiniebla para siempre inacabada


8




Rodeada de silencio y opacidad
ya toda de la noche
verás tu rostro
un solo instante
y te desvanecerás
los años hechos polvo
para empezar a ser
todo lo oscuro que habitaba en ti
furiosamente.


9


Quédate inmóvil
arenas implacables castigándote el rostro
allí donde mis manos te dejaron
una mañana de nubes y extraños pájaros.


10


Abolir el rostro
que te di al mirarte:
sé la otra,
la terrible desconocida sin ojos que te aguarda.


11


Miras tus uñas, sabes
que crecen, si las cartas
no sientes que son una parte de ti; ni tus cabello
Acaso palmo a palmo, podrías llegar a desconocerte
enteramente.


12


Incesablemente
descendíamos gradas
y de improviso nos volvimos:
el último rayo de luz moría
tras las murallas.


13


Al final de su vuelo
los pájaros de Persia han desgarrado
la trama de la luz
y moran ciegos en las ramas
de la otra oscuridad.


14


Torres de oro verbal,
estancias de palabras,
muerte de todo fuego.


15


Cómo vivir sin el recuerdo
de tu voz que no fue,
de los jardines que no recorrí,
que nunca fueron.


16


Una puerta a lo lejos
y el vaivén de otra puerta.
La luz tiembla. Ella vuelve:
arrojada de un sueño
vuelve a entrar en el mío.


Obra: La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, 1830

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