lunes, 1 de noviembre de 2010

   
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         INES BLACKIE



OSCURO TEMBLOR DE PIEDRA HUMANA


                     I

            Dedicatoria

Al hombre o mujer que rompa
el casco de su propia calavera
y lo dispare hecho astillas
contra la miserable máscara del mundo,
al que interrumpa el curso de sus venas
con un nudo nuevo puro indescifrable
y tire de él, y tire
hasta cortar todos los lazos de sangre,
los dorados anillos, la tradición irrevocable,
la obsecuente costumbre.
Al que absorba toda la noche sin grito
y sin cuchillo
hasta la invisible
sombra de la sombra,
espasmo anónimo en el que sedimentan
las hojas crocantes del dolor
y la amarilla inocencia del aromo
cuando cae.
A esa piedra humana
ya sin boca ni dedos
que no estremece el beso ni la caricia,
sólo la conciencia del viento
y de la lluvia.



                     II

Si yo fuera yo vendría a salvarme
montada en un caballo de tormenta,
ladrarían entonces los enanos
del hocico encendido por la herida
y temblarían las uvas al caer
sobre la tierra entreabierta.
Pero no es esta mi mano la que es mía
ni son estas varas sin rechinar de coyuntura
las últimas piernas que yo tuve,
hay un empujar en el subir
un estrujar en el bajar
y la visión de mi cabeza precipitándose en el suelo
como una piedra muda con los ojos cerrados.



                    III

Oscura verticalidad acompasada
llevándose los nombres de las cosas
entre los dientes.
Quién dijo que le rebanan a uno
la cabeza,
quién consagró su pescuezo
con un corte rápido y certero,
la muerte es un gusano latiendo
en el intestino de la vida,
su diario parásito,
su rutina.
Crecer y morir al mismo tiempo,
ésa es la herida.



                  IV

Mi nombre no es esta
palabra sin tendones
ni la rúbrica sellada
en el costado amargo de mi muslo.
Mi nombre no viene del latín ni va hacia el grito
final que nos elevará
después de todo.
Mi nombre tiembla en el surco
que multiplica los dedos
y escapa en cada pluma que pierdo
con el viento tenaz de la costumbre.
Hasta dónde esparcirme
y hasta cuándo esta piel
abandonándome.
Mi nombre se ha rasgado ya todas las letras
y ha quedado solo,
piedra de la piedra,
silencio acuñado
en el silencio.





                        V

Alguien vigila mi entrada al fuego
con su mirada sin ojos.
El aire me lleva al compás de una nube
donde ya no soy.
El filo del miedo eriza
mi pensamiento
para el ritual del amor o de la muerte
alguien me desviste alguien habla alguien
acaricia mi carne antigua, los cauces
de mis venas
abandonados sin
desembocadura.




                          VI

No hay pellejo sobre la carne desierta
ni atadura de huesos que sostenga,
soy la pulpa de un higo trunco
que entra en la noche sin boca
y sin cuchillo,
esponja deshabitada de cintura,
oscuro latido de un residuo de espuma.

Cada vuelo es caída.
Ningún brazo la rama.

Ya no adormece el dulce y arrullador zumbido
que enrosca la telaraña del tiempo
en mis oídos.




                  VII

Si la caída acabara
en esa cuchara todo vientre,
única curva de los jugos olorosos,
si el dolor descansara
en ese ir y venir de los labios
a ritmo acompasado
pero sólo hay un escurrirse entre los dientes
del tenedor preciso en el desgarro,
un lento llevarse los sentidos
de las cosas, los higos del deseo,
la semilla.
Si al menos la muerte fuera honda
de tibia arcilla,
si hubiera tiempo de ir a buscar mi costado
de cartílagos tiernos
en la orilla del mundo.


OBRA: Cabeza cortada de un santo mártir, 1670, óleo sobre lienzo,
53 x 72 cm., París, Museo del Louvre, de Sebastián de Llanos y
Valdés.

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